Memoria de Corto Plazo: El Naufragio del Conocimiento Público en Colombia

Reflexiones sobre la participación ciudadana de hoy y de siempre.

En Colombia, cada cuatro años asistimos a un ritual tan predecible como dañino: el borrón y cuenta nueva. Con la llegada de cada nuevo gobierno —ya sea nacional, departamental o municipal— se activa una ruleta de incertidumbre donde la continuidad de los procesos queda supeditada al color político de turno. Este año, con las elecciones presidenciales en el horizonte, el fenómeno cobra una urgencia crítica; la retórica de campaña suele prometer transformaciones radicales que, en la práctica, suelen traducirse en el desmantelamiento de lo existente para alimentar la narrativa del “cambio”. 

Bajo esta lógica, los equipos técnicos y contratistas son reemplazados masivamente, activando una “amnesia institucional” que ignora deliberadamente los procedimientos, proyectos y lecciones aprendidas de la administración anterior. Lo que para los cuadros políticos entrantes es una “renovación necesaria” o una “limpieza de la casa”, para el Estado representa una hemorragia de conocimiento: una herida profunda por la que se escapan datos, diagnósticos, resultados y lecciones aprendidas que costaron años y recursos públicos consolidar, dejando al país en un eterno e ineficiente punto de partida, un botón de reset que se oprime cada cuatro años.

La gestión del conocimiento en el sector público no es un concepto etéreo de biblioteca; es la diferencia entre una política social que funciona y una que improvisa. Cuando un equipo de gobierno se retira sin dejar procesos documentados, bases de datos actualizadas o lecciones aprendidas, se lleva consigo el activo más valioso de cualquier organización: el saber hacer. 

El problema no es una simple falla administrativa; es un cáncer estructural de egoísmo. Cuando un contratista o un funcionario de libre nombramiento y remoción empaca sus pertenencias —y de paso, su memoria técnica— sin dejar una huella clara de sus procesos, el Estado no solo pierde el rumbo, pierde dinero, información, avances y data recolectada. Es un espectáculo dantesco: volver a contratar estudios que ya dormían en algún anaquel, repetir errores que ya tienen cicatrices propias y reiniciar proyectos que quedaron a mitad de camino es, en la práctica, un saqueo a veces sin intención, o sin dimensionar la gravedad que lleva a la ineficacia del Estado y esto impacta directamente al ciudadano que paga con sus impuestos.

El resultado es desolador. El nuevo funcionario llega a “descubrir la rueda”, gastando los primeros meses de su gestión en un safari burocrático: intentando descifrar qué se hizo, cómo se hizo y, sobre todo, dónde están los datos, empezando de cero, analizando con la miopía de la falta de información por qué falló lo que falló y rastreando donde quedaron los archivos, si es que quedaron archivos o terminaron refundidos en un disco duro en una caja de cartón o en un computador del que nadie tiene la clave. Esta falta de continuidad no solo retrasa el desarrollo y las acciones, sino que erosiona la confianza del ciudadano, quien percibe que el Estado nunca termina de arrancar.

La Gestión del Conocimiento plantea una solución no solo técnica sino cultural, pero la falta voluntad política para entender que el conocimiento público es un bien común. Urge recordar que tirar a la basura la experiencia técnica es, en esencia, una traición al patrimonio del Estado. La Gestión del Conocimiento es el conjunto de estrategias que permiten que el “saber” de las personas se transforme en un activo blindado de la institución. Es la transición técnica del “yo sé cómo se hace” al “nosotros, como entidad, sabemos cómo resolver esto” (la madurez del Estado). Sin este blindaje, el servicio público queda reducido a un eterno ensayo y error.

La Gestión del Conocimiento surge aquí como la estrategia maestra para honrar el esfuerzo público. Al entender que el saber es un bien común, las instituciones logran que el talento individual se traduzca en una capacidad colectiva permanente.

Fortalecer la Gestión del Conocimiento es que el próximo presidente, ministro o alcalde no recibirá una oficina vacía y un computador formateado, sino una hoja de ruta inteligente que le impida cometer los mismos errores del pasado. Mientras el conocimiento siga siendo propiedad privada, seguiremos condenados a un Estado que no aprende, que no crece y que, trágicamente, se cree innovador cada vez que tropieza con la misma piedra.

El conocimiento es, a su vez, el suelo fértil donde germina la innovación pública. Innovar no es inventar desde la nada, sino conectar los aprendizajes del pasado con las soluciones del futuro para generar valor público real. Un Estado que recuerda es un Estado que puede crear con audacia; es una organización viva que aprende de sus aciertos y errores para ofrecer servicios más ágiles y humanos. Al integrar la memoria técnica con la creatividad institucional, logramos que el motor del país no solo arranque con fuerza en cada periodo, sino que mantenga una velocidad constante hacia el bienestar de todos los colombianos.

Necesitamos instituciones que aprendan. La innovación pública no consiste únicamente en comprar software de última generación, sino en crear una cultura donde el servidor público de carrera y el contratista de paso dejen huella digital y metodológica. Si no logramos blindar el conocimiento de los vaivenes electorales, seguiremos condenados a repetir los mismos errores, semestre tras semestre, gobierno tras gobierno.

Para que la innovación pública deje de ser un eslogan de campaña y se convierta en una realidad, necesitamos implementar tres pilares de manera rigurosa:

  1. Retención del talento: Crear mecanismos para que el conocimiento crítico no camine hacia la puerta de salida cada vez que termina un contrato.
  2. Transferencia efectiva: El uso de comunidades de práctica y mentores donde los que llegan aprendan de los que se van, sin sesgos políticos.
  3. Memoria digital inteligente: Repositorios que no sean cementerios de PDF, sino herramientas de consulta ágil para la toma de decisiones basada en evidencia.

La innovación pública en Colombia no requiere necesariamente de tecnologías espaciales, sino de una tecnología humana y organizativa. Blindar el conocimiento del vaivén y la fuga del conocimiento cada 4 años, es el primer paso para dejar de ser un país que improvisa y empezar a ser un Estado que evoluciona.

Laura Victoria Gonzalez Cogollos
Bogotá, Colombia

Coordinadora de Formación y Articulación en Colombia Líder, donde impulsa la formación de gobernantes y la construcción de alianzas para fortalecer la gestión pública territorial.

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