Datos que caminan, preguntas que transforman

Sobre cómo mostrar una plataforma digital en un espacio de participación ciudadana se convirtió en una cuota, no en una transformación

Un tablero amarillo en un parque de Bogotá. Una pregunta impresa en vinilo. Unos puntos de colores que la gente puede mover para marcar su respuesta. Y un funcionario ahí, presente, sin guión, dispuesto a escuchar. Esa es la imagen más fiel de lo que hemos llamado Datos a la Calle: una estrategia que sale a buscar a la ciudadanía donde está, no donde al Estado le queda cómodo citarla.

Pero la imagen puede engañar. Lo que parece una actividad de divulgación bonita, participativa, fotogénica, es en realidad una herramienta de investigación. Y esa distinción importa más de lo que parece. Define para qué sirve lo que se recoge. Define qué se hace con ello. Y define, sobre todo, si la participación ciudadana termina siendo un insumo real para tomar decisiones o simplemente una forma elegante de llenar un informe de gestión.

Una estrategia de investigación disfrazada de conversación

Datos a la Calle parte de una hipótesis. Antes de cada salida, el equipo define una pregunta de exploración: no qué queremos comunicar, sino qué queremos entender. Esa hipótesis determina el diseño de los tableros, el tipo de preguntas, el espacio en donde se instala la actividad y el perfil de las personas con quienes se quiere conversar. La participación ciudadana, en este caso, no es el fin. Es el método.

A ese método lo hemos llamado Datos a la Calle: una estrategia que registra interacciones en espacios no convencionales como festivales, Transmilenio, espacio públicos, privados, etc., fuera de los espacios institucionales donde el Estado suele escuchar. Pero decir que son conversaciones informales sería inexacto. Cada salida tiene una estructura deliberada que combina dos tipos de preguntas. Las primeras priorizan la experiencia subjetiva: qué siente la persona, cómo percibe el problema, qué significado le da a una situación concreta. Las segundas permiten categorizar y comparar: escalas, opciones de respuesta binarias, nominales y votaciones con puntos de colores. No es una encuesta, no pretende ser representativa. Pero tampoco es una conversación libre, es un instrumento de escucha activa diseñado para recoger precisamente lo que las encuestas no recogen: el matiz, la duda, la opinión que no cabe en una casilla.

Para la muestra, dos casos

Las encuestas de satisfacción recogen lo que la gente puede responder en un formulario. Pero hay preguntas que requieren que algo las active: una conversación, una pregunta, un dato , un tablero en una estación. En TransMilenio, la pregunta era por qué ciertos usuarios llevan objetos voluminosos al sistema. La respuesta obvia era que no había más opciones. Pero los datos contaban otra historia. Lo que encontramos fue que esos objetos se concentran en horas valle, cuando el sistema tiene más capacidad y que su presencia responde a una lógica de uso adaptativa que el diseño institucional nunca ha reconocido. Ese dato no estaba en ninguna base de datos. Estaba en la calle.

El segundo caso exploró cómo se expresa la empatía en la movilidad urbana y si esa empatía se traduce en comportamientos concretos. Les preguntamos a los usuarios cómo percibían a otros actores viales. La empatía declarada hacia ciclistas y peatones era alta. Pero la empatía declarada y la acción prosocial son dos cosas distintas. La gente reconocía al ciclista como cercano y vulnerable, y aun así no modificaba su conducta. Esa brecha entre lo que se piensa y lo que se hace es exactamente el tipo de hallazgo que define políticas de cultura ciudadana y que una encuesta convencional rara vez logra revelar.

Estos dos casos no son excepciones afortunadas. Son el resultado de decisiones metodológicas concretas que se fueron afinando con la práctica. Cada salida dejó algo más que datos: dejó aprendizajes sobre cómo diseñar mejor la siguiente. Con el tiempo, esos aprendizajes se volvieron principios. Cinco, para ser precisos.

1. No instrumentalizar la participación

La tentación más común en este tipo de estrategias es medir indicadores de resultado: cuántas personas participaron, cuántas fotos se tomaron, cuántos tableros se instalaron. Esos números son cómodos porque son grandes y porque se ven bien en una presentación,pero sin una hipótesis clara antes de salir, sin un diseño que conecte la conversación con una decisión concreta de política, de servicio o de comunicación pública, la participación se convierte en un ritual vacío. Bonito, participativo y completamente inútil.

La pregunta que debe preceder cada salida no es cuántos van a participar, es para qué quiero tener esta conversación y qué voy a hacer distinto después de tenerla.

2. Garantizar una experiencia horizontal

Los datos asustan cuando se presentan de manera vertical: el experto que sabe, la ciudadanía que escucha. Datos a la Calle funciona cuando invierte esa relación. El tablero no explica, pregunta; o dictamina, invita. La persona que se acerca no recibe un diagnóstico, entra en una conversación donde su experiencia tiene el mismo peso que el dato institucional.

Esa horizontalidad no es solo un principio ético, es una condición metodológica: si la persona siente que está siendo evaluada o instruida, no dice lo que piensa. Dice lo que cree que quieren escuchar. Por eso diseñar una experiencia que reduzca esa distancia es tan importante como el rigor de la hipótesis.

3. Integrar ciencias del comportamiento desde el diseño

La tercera lección es la más técnica y quizás la más transformadora. Datos a la Calle funciona mejor cuando las preguntas no solo recogen percepciones sino que están diseñadas para revelar los mecanismos que explican el comportamiento. La brecha entre empatía declarada y acción prosocial no se descubrió por accidente: se descubrió porque la hipótesis incorporaba conceptos de ciencias del comportamiento sobre la relación entre actitudes declaradas y conductas reales.

Eso cambia el tipo de conversación que se diseña. No basta con preguntar qué piensa la gente. Hay que preguntar de formas que permitan inferir por qué actúa como actúa, incluso cuando sus acciones contradicen lo que declara. Esa es la diferencia entre una salida de campo que produce anécdotas y una que produce conocimiento accionable.

4. Una forma distinta de escuchar

Datos a la Calle propone una lógica distinta. La participación no como trámite sino como método: salir con una hipótesis, contrastar con quien vive el problema y regresar con algo que no se sabía antes. No son relaciones públicas,es investigación con los pies en la calle.

En un contexto donde la confianza institucional está en mínimos históricos, eso no es un detalle menor. Un Estado que sale a escuchar, no a informar ni a validar, sino a escuchar de verdad, transforma lo que la ciudadanía espera de él. Y en ese gesto, en una instalación en un día cualquiera, puede ser la forma más honesta de recomponer lo que se ha quebrado.


5. Contra la saturación, conversación con criterio

Bogotá no tiene déficit de información. Tiene déficit de conversaciones que ayuden a procesarla. En ese contexto, agregar un dato más al ruido no es una estrategia de comunicación pública,es rendirse ante el problema que se quiere resolver.

El dato público, por sí solo, no transforma nada. Informar no es lo mismo que comunicar para construir criterio. Por eso Datos a la Calle no se pregunta cómo llegar a más personas con el mismo dato, sino cómo generar una conversación que le permita a quien participa salir con una postura más afinada sobre cómo se construye ciudad.

Un tablero amarillo en un parque no cambia una ciudad, pero una institución que sale a preguntar en lugar de quedarse a esperar, que diseña conversaciones en lugar de convocar audiencias, que trata el dato como punto de partida y no como conclusión, esa institución está haciendo algo distinto. Y en un país donde la distancia entre el Estado y la ciudadanía se mide en décadas de desconfianza acumulada, hacer algo distinto no es poco.

Daniela Morena

Coordinadora de Formación y Articulación en Colombia Líder, donde impulsa la formación de gobernantes y la construcción de alianzas para fortalecer la gestión pública territorial.

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