(Re)surgentes: Democracia ambiental y deliberación en Latinoamérica

Reflexiones sobre la participación ciudadana de hoy y de siempre.

Cuando se habla de cambio climático y sostenibilidad prevalece una narrativa orientada a la necesidad de “salvar al planeta” y aparecen en nuestras mentes las imágenes de osos polares ahogándose en el mar o desnutridos. Frente a esto hay una buena noticia y otras muy malas.

La buena noticia es que el planeta no se va a “acabar” (al menos no en tiempos del largo plazo de la humanidad). El planeta y muchas de las formas de vida que en él habitan sobrevivirán, se adaptarán a nuevas condiciones, y esto puede incluir también al ser humano, que ya sobrevivió a una glaciación, hace unos 20.000 años.

La primera mala noticia es que muchas de las formas de vida que conocemos se extinguirán y las que sobrevivan seguramente enfrentarán condiciones muy adversas para adaptarse. Enfrentamos una extinción masiva (que ya ha sucedido antes en La Tierra), enfrentamos un fuerte cambio climático, que además del calentamiento global trae consigo grandes afectaciones en la variabilidad climática y fenómenos meteorológicos agresivos que producen inundaciones, derrumbes, sequías, erosión costera y del suelo, entre otros.

La siguiente mala noticia es que, cuando hablamos de crisis ambiental, los ambientalistas nos referimos a los múltiples retos que enfrentamos como humanidad en ese contexto de crisis climática y extinción masiva, al colapso de la civilización en la que vivimos debido a lo insostenible que es nuestra cultura, nuestra manera de relacionarnos con los ecosistemas y a la baja capacidad de adaptación, al menos de la cultura hegemónica.

En este sentido, aunque las acciones de adaptación y mitigación son necesarias, el cambio en la matriz energética y la economía circular es fundamental, no podemos parar o transformar nuestro sistema de producción de un día para otro, porque las consecuencias serían igualmente catastróficas. Entonces los efectos de esta crisis ambiental son inevitables: la extinción de especies, inundaciones, derrumbes, sequías y sus consecuentes efectos sobre la producción de alimentos, enfermedades y desplazamiento de millones de personas van a suceder. Y lo que es más grave, sucederán en cuestión de décadas, de años, es más, ya lo estamos viviendo y la pandemia de la COVID 19 fue solo una muestra.

Entonces, de nuevo, aunque las acciones de adaptación y mitigación son muy importantes, hay algo mucho más importante para la humanidad en este contexto: la democracia ¿Cómo nos organizamos para que los efectos de esta crisis ambiental no nos destruyan como sociedad? ¿Cómo hacemos para que no sea una minoría, responsable de gran parte de las causas de esta crisis, la que se mantenga enormemente privilegiada mientras millones de personas pierden sus casas y sus trabajos, mueren de hambre, ahogadas o enfermas? ¿Cómo aprendemos de nuestra diversidad cultural a relacionarnos con los ecosistemas para adaptarnos de una mejor manera a estos cambios críticos en el ambiente? Esas son las preguntas fundamentales de nuestra era que pueden encontrar respuesta en la democracia.

La democracia es muy amplia y tiene muchísimas formas, tiene sistemas que funcionan mejor que otros y siempre tiene errores. Muchas de las formas de la democracia son complementarias, y así como en la biología, la diversidad la puede hacer más resiliente y ayudar a adaptarse de mejor manera a las condiciones adversas.

Dentro de la democracia participativa, una de las formas específicas que ha (re)surgido en las últimas décadas es la democracia deliberativa, con la aleatoriedad como una innovación muy importante para la participación política. La aleatoriedad amplia el derecho a la participación para ciudadanía, que por estructuras políticas, económicas y culturales, normalmente no llega a los espacios tradicionales de participación. Mediante este mecanismo se conforman grupos ciudadanos que tienen una representación descriptiva de la población que representan.

Para el caso de la democracia ambiental y la crisis climática esta innovación es muy valiosa, pues ha permitido darle voz a personas y comunidades que viven de manera directa los efectos del cambio climático.

En 2023 se conformó (Re)surgentes, un consorcio de sociedad civil de México, Colombia, Brasil y Argentina, para desarrollar una red de asambleas ciudadanas, con participantes elegidas aleatoriamente, seleccionando especialmente a las poblaciones más vulnerables frente a la crisis climática, para deliberar alrededor de las problemáticas de sus ciudades y de la región latinoamericana y proponer soluciones que contribuyan a unas sociedades más democráticas, con justicia ambiental y mejor adaptadas a las condiciones críticas que estamos enfrentando.

Esta innovación no es perfecta. La participación política por aleatoriedad tiene críticas y enfrenta retos. Uno de los más importantes, sobre todo en el contexto latinoamericano, es su superposición con los procesos de los movimientos sociales y ambientales, pues no se puede desconocer la manera como estos movimientos han contribuido a la construcción y defensa de los derechos de muchas poblaciones y del ambiente, y de las instituciones democráticas en si mismas. Por lo tanto, la decisión de una persona escogida aleatoriamente no debería pasar por encima de comunidades que se han organizado y defendido sus territorios para el desarrollo de soluciones en la búsqueda de un bien común.

En este sentido, desde Extituto de Política Abierta, hemos desarrollado diversas alternativas mediante las cuales ambos procesos pueden ser complementarios: grupos mixtos con personas seleccionadas de forma aleatoria y también con personas de organizaciones y movimientos sociales; procesos en el que las organizaciones ambientales participan como expertas aportando su conocimiento para que sean tenidos en cuenta por la ciudadanía participante; o la conformación de un comité técnico con estas organizaciones que participan la planeación, definiendo el tema, el enfoque específico, la conformación y metodología de la asamblea. Esto condujo, por ejemplo, a la conformación de la asamblea ciudadana de cambio climático de Buenaventura involucrando a las organizaciones étnicas comunitarias para la convocatoria inicial de las personas participantes, y a seleccionar a través del sorteo a un 50% de las personas de zona rural, a pesar de que solo el 20% de la población del distrito habita en estas zonas.

Lo anterior es un ejemplo de la importancia de lo que puede aportar la democracia por aleatoriedad para la justicia ambiental, pues pone en el centro de la participación a las personas que reciben directamente los efectos negativos de la crisis climática y ambiental. Es una herramienta que permite reconocer la distribución de perjuicios y beneficios del uso y apropiación de los ecosistemas, y con base en ello hacer una redistribución en las relaciones de poder para construir decisiones públicas que permitan corregir estas problemáticas ambientales de nuestras sociedades.

Hasta allí todo muy bien, pero la realidad en las sociedades latinoamericanas tienen aún más retos. La democracia funciona a nivel normativo institucional, pero en realidad, a nivel territorial existen otras dinámicas de poder y otros gobiernos de facto. Y eso lo confirmamos cuando terminamos la asamblea ciudadana de cambio climático de Buenaventura. La asamblea se centró en el tema del manejo de residuos sólidos, tema que seleccionamos por tener baja incidencia de los grupos armados presentes en la zona. Una vez terminada consolidamos los resultados y las recomendaciones de la ciudadanía para empezar a trabajar con las instituciones, pero nos encontramos con que se hizo un cambio imprevisto de operador del servicio de recolección de residuos de la ciudad, los trabajadores entraron en huelga por inconformidad en los cambios de sus condiciones de trabajo y como respuesta recibieron amenazas de muerte de actores al margen de la ley. El tema “menos violento” terminó sometido al designio de estructuras criminales, y los liderazgos ambientales y la participación ciudadana deben cuidar su propia vida, mientras la inercia de nuestra cultura e instituciones profundizan la crisis climática, ambiental y civilizatoria.

David Núñez Amórtegui

Director de Proyectos de Extituto de Política Abierta
Coordinador del Consorcio (Re)surgentes
Politólogo y Magister en Medio Ambiente y Desarrollo.

Coordinadora de Formación y Articulación en Colombia Líder, donde impulsa la formación de gobernantes y la construcción de alianzas para fortalecer la gestión pública territorial.

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