¿Quién tiene la lista de asistencia?
Reflexiones sobre la participación ciudadana de hoy y de siempre

Daniela Luque
Profesional de proyectos, Inteligencia Colectiva
Bogotá, Colombia
Antropóloga y Profesional en Periodismo y Opinión Pública de la Universidad del Rosario y estudiante de la Maestría en Diseño y Gestión de Programas Sociales en FLACSO Argentina. Con experiencia en el diseño e implementación de proyectos que vinculan justicia ambiental, fortalecimiento comunitario y participación ciudadana.
Eduardo Galeano describió al mundo, en su famosa obra El libro de los abrazos, como una mar de fueguitos. Distintos, desiguales, insistentes. A mí me gusta pensar que en la gestión pública esos fueguitos son también conceptos. Se encienden, circulan, animan conversaciones, ordenan agendas: participación, colaboración, innovación, diálogo. A veces alumbran y empujan cambios reales, otras veces solo calientan el discurso, porque nombrarlos termina siendo suficiente para dar por hecho que existen.
La participación es un ejemplo claro. En teoría es una puerta abierta para que la ciudadanía incida, discuta, dispute, cocree. En la práctica, en demasiados casos, se queda reducida a lo mínimo necesario para que un proceso avance… firmas de asistencia, fotos, actas, espacios de protocolo que permiten decir que “se socializó” un plan, un proyecto, una política, una investigación. Se cumple el requisito, se produce evidencia, se cierra el punto. Y así, sin mala intención per se, la participación se vuelve una herramienta discursiva, una capa que legitima, pero que rara vez altera de verdad el lugar donde se decide.
Una lectura reciente del libro Gobernar la utopía: sobre la planificación y el poder popular del politólogo chileno Martín Arboleda me hizo reflexionar sobre este fenómeno, que no es nuevo, ni que estoy descubriendo hasta ahora. Lo que me sirvió de su mirada, más que una revelación, fue el modo de ordenar la incomodidad y llevarla a una pregunta más exigente sobre las formas y objetivos de la participación de hoy, que aunque en movimiento, aún sigue reproduciéndo lógicas sobre la base de con quién y para quién se hace. Porque cuando estos ejercicios se vuelven ritual, la discusión no debería quedarse en si hay o no participación, o en si planificar es bueno o malo, o en si colaborar “sirve” o si es puro requisito. La discusión debería moverse hacia el cómo. Qué y cómo se hace, para quién, con quiénes, incorporando qué saberes, con qué efectos verificables, y sobre qué capacidad real de decisión de quienes participan. Es decir, pasar del concepto a las reglas, del lenguaje al compromiso real.
Si uno se toma en serio ese giro, aparecen otros caminos que me parecen más fértiles que la idea de “mejorar el protocolo”. Arboleda menciona algunos en su libro, como la ‘planificación insurgente’ y la ‘contraplanificación’, que no son una invitación al caos, sino un recordatorio de que lo común se organiza también por fuera de los formatos oficiales, en la vida cotidiana, en los márgenes donde la gente inventa soluciones porque el Estado llega tarde o llega de maneras insuficientes. Eso abre una pregunta que me acompaña hace rato… ¿Qué tanto de lo que llamamos participación es realmente un método para incorporar ideas diversas y saberes, y qué tanto es una forma elegante de administrar este concepto -y muchos otros- o usarlos en un discurso de presentación de resultados?.
Al respecto de esto, el antropólogo colombiano Arturo Escobar, uno de mis “amores intelectuales”, ha destacado con insistencia la necesidad de pensar el diseño de políticas, programas y proyectos sociales o políticos desde la pluralidad de mundos. Una mirada que ayuda a bajar la arrogancia que a veces se cuela en el lenguaje público, como si existiera una única manera correcta de planificar o de participar. Pensar desde la pluralidad implica asumir que lo público no es un molde, si no un terreno disputado, y que diseñar políticas, programas o proyectos no puede reducirse a aplicar modelos universales o universalizados, porque esos modelos casi siempre borran lo situado, lo diverso, lo que no cabe en el formato, y terminan convirtiendo la complejidad en una lista de chequeo o en un requisito por cumplir.
Este llamado a pensar diverso y distinto, de manera inevitable, me ha llevado a reflexionar sobre el hecho de que esto pasa y se reproduce porque en lugar de construir, nos la pasamos importando modelos. Miramos afuera, copiamos lo que “funciona”, lo convertimos en metodología, lo empaquetamos, y luego lo aplicamos como si el territorio, los saberes, la tradición fuera una variable más. Suena práctico, pero también es una forma de ordenar el poder, porque en esa costumbre de replicar viajan prioridades, jerarquías, una estética de la solución, una idea de lo viable, y muchas veces una manera de minimizar el conflicto en nombre de la técnica. Y ahí es donde el discurso se nos llena de conceptos potentes, pero el aterrizaje se queda corto, porque lo que se importa suele venir con una forma de participación ya definida, con un tipo de diálogo posible, con un rango de conflicto tolerable. Como si solo existiera una forma de dialogar, de pensar en colectivo o de proyectar el futuro que deseamos.
A veces esa importación entra como algo aparentemente inocente, casi como una recomendación técnica. Por ejemplo, el famoso “espectro” de participación ciudadana, con sus niveles y su promesa de pasar de informar a empoderar, se adopta en muchas entidades como si fuera un manual universal, y termina sirviendo más para ordenar talleres y justificar que “se cumplió” el componente participativo, que para abrir de verdad el lugar donde se decide. Y con las metodologías ágiles pasa algo parecido. Scrum o Kanban llegan como la solución moderna para que el Estado “por fin” se mueva más rápido, y entonces aparecen los tableros, los sprints, los backlogs, las ceremonias, pero los cuellos de botella de siempre siguen intactos, la validación jurídica, la contratación, las jerarquías internas, los incentivos, el miedo al riesgo, y el resultado es una capa nueva de lenguaje sobre una estructura que no cambia. Se importa la forma, pero no se transforman las condiciones que harían que esa forma produzca impacto.
Sobre esto, aparece el sociólogo Aníbal Quijano con sus postulados decoloniales, que más allá de un postureo teórico nos invitan a una reflexión relevante sobre cómo asumimos que todo lo bueno viene de afuera. Reproduciendo así dependencias, ideas de progreso, estereotipos civilizatorios, proyectos desarrollistas, incluso cuando hablamos con lenguaje progresista. El resultado es participación, colaboración o alianza que se parece demasiado a un trámite superficial, a un ensamblaje rápido para cumplir metas, sin construir capacidades propias ni abrir espacio para diseños nacidos desde aquí. Al respecto de esto, y de la necesidad de construir procesos propios que nos permitan fortalecer e impulsar una transformación real, me gusta recordar una frase del grupo Los Prisioneros, en su tema Independencia Cultural: jugando juegos de otros nunca vamos a campeonar.
La pregunta cambia de tono. Ya no es solamente qué tanto de estos conceptos son discurso y qué tanto son un compromiso real, sino qué nos falta para que dejen de ser atmósfera y se vuelvan cultura, en el sentido real de la palabra. Aquí me gusta traer el gesto sobrio de Silvia Rivera Cusicanqui, que nos empuja a sostener lo situado sin convertirlo en consigna. A procurar la construcción desde la diversidad, sin romantizarla, sin asumir que lo local es automáticamente virtuoso. Sostener lo situado es quedarse en la complejidad, aceptar que la participación real es conflictiva, que la colaboración implica tensiones, que innovar de verdad en estos procesos requiere construir confianza, tiempo, reglas, responsabilidades. Reflexiones reales sobre el por qué y para quiénes se están diseñando estos espacios. Cosas que en definitiva no se resuelven con la fórmula mágica de un mismo formato para eventos, talleres, consultas.
Llevar estos conceptos a la práctica hasta que se vuelvan cultura implica quitarlos del lugar del protocolo y ponerlos en el lugar del compromiso, de lo verificable. Implica que la participación no se mida por asistencia, sino por capacidad de incidencia real. Que el diálogo no se mida por número de sesiones, sino por decisiones que se abren y se justifican. Que la colaboración no se mida por alianzas anunciadas, sino por aprendizajes compartidos y capacidades distribuidas. Implica también reconocer las relaciones de poder, los imaginarios y los supuestos que atraviesan muchos de estos espacios, no para quedarnos en la denuncia, sino para diseñar con esa realidad encima de la mesa, de frente, sin ingenuidad.
Antes de cerrar este espacio de reflexiones, no quisiera poner el punto final sin resaltar que en estos espacios hay individualidades y colectivos que encienden estos fuegos e iluminan el camino. Personas que sostienen procesos más allá del trámite, equipos que abren discusiones donde no era fácil abrirlas, comunidades que insisten en participar aunque el sistema parezca diseñado para cansarlas. No es como que estos procesos, esta voluntad de cambio, este compromiso por crear y sostener no exista. El problema es que a veces la estructura, sus límites y la inercia de hacer todo como se ha hecho hasta el momento, terminan apagando esas luces, cerrando esos caminos. No porque desaparezca la llama, sino porque la vuelve inofensiva cuando se convierten en lenguaje, en adorno, en discurso, en cuotas o simplemente en requisito más en el proceso de “cumplir con la tarea”.
En el último año he tenido la oportunidad de toparme con personas y conversaciones que me hacen creer que es posible transformar la participación, la co-creación, la innovación y el diálogo social hacia alternativas más vinculantes y significativas. A las ‘seños’ lideresas de Quibdó, a los funcionarios/as de la Alcaldía de Bucaramanga, a los jóvenes que compartieron conmigo sus intereses y preocupaciones en esta misma ciudad, al consejero de Mitú que asistió presentó su carta de renuncia en un espacio de diálogo entre la comunidad y las entidades de gobierno, al los equipos técnicos que se comprometen y trascienden las metas de sus productos contractuales, a las funcionarias que en el último año asumieron cargos retadores que parecían más grandes que ellas, y en el camino tumbaron todos los estereotipos que se les impusieron. A mis colegas de Extituto que construyen procesos completos y sentidos. A todas los fueguitos que sostienen la posibilidad de transformación a lo largo del territorio nacional: gracias.
Quizá por eso la imagen de Galeano funciona tan bien para enmarcar este conjunto de reflexiones, de ideas. La gestión pública está llena de fueguitos, que a veces son propuestas, a veces visiones de lo político, de lo ético, a veces son personas. Solo hace falta identificar cuáles iluminan y cuáles solo calientan. Y sobre todo, qué estamos dispuestas a cambiar para que la participación, el diálogo y la colaboración dejen de ser palabras insistentes y se conviertan en alternativas reales.
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