Salvar La Democracia Con La Buena Gestión De Lo Público

Juan Pablo Guzmán Solórzano
Coordinador HAGA, Extituto
Bogotá, Colombia
La democracia en América Latina enfrenta una tentación peligrosa: el canje de libertades por resultados. Figuras como Nayib Bukele o Javier Milei han desplazado el protagonismo de la democracia como valor social, instalando una narrativa donde la eficiencia en seguridad o economía justifica el retroceso de los derechos humanos y el cierre del espacio cívico. Bajo este modelo, parece que el gobierno abierto, es un estorbo para la eficacia. Ante este panorama, surge una pregunta urgente: ¿puede el Estado ser eficiente desde los pilares del gobierno abierto? La respuesta corta es: sí, acudiendo a herramientas de innovación pública que concilien la buena gestión pública con la participación, la transparencia y la rendición de cuentas para entregar bienestar sin sacrificar los intereses de la ciudadanía.
Perdemos tejido social, perdemos democracia
Al ser parte de un sistema político democratico debemos preocuparnos por el lugar que tiene la confianza en la perdurabilidad del mismo, cuando se deteriora la confianza en las instituciones también se debilita la democracia. Según el informe Panorama de las Administraciones Públicas 2024 de la OCDE, apenas el 36.3% de la población en América Latina y el Caribe confía en su gobierno nacional. Esta débil credibilidad es el caldo de cultivo perfecto para los mesianismos: cuando el ciudadano siente que las instituciones no resuelven, está dispuesto a sacrificar sus libertades a cambio de orden. Aquí es donde la gestión pública se convierte en el frente de batalla real. La democracia no es un formalismo electoral que ocurre cada cuatro años; una práctica cotidiana, aunque en muchos casos automática/involuntaria, se vive 24/7.
Innovar no es comprar un Ferrari para ir a la esquina por el pan
La ciudadanía es una célula viva intentando sobrevivir a un cuerpo viejo y abandonado: la administración pública tradicional. El reto urgente de las entidades es superar los paradigmas neogerenciales que reducen a las personas a simples receptores de productos. Como bien señala Álvaro Ramírez Alujas, la ciudadanía es un organismo dinámico al que debemos vincular en el diseño mismo de la política pública, convirtiéndola en protagonista de las soluciones que demanda.
En este contexto, debemos ser claros sobre qué significa innovar en lo público, esto es, solucionar problemas complejos con intervenciones colectivas, simples y directas para mejorar la calidad de vida de las personas. Innovar no es comprar un Ferrari para ir a la esquina por el pan, cuando pensamos en innovar debemos mantener siempre el foco en el problema con el fin de no malgastar recursos públicos en soluciones que no se adaptan a los problemas del contexto para el cual son diseñadas. ¿Cómo mantenemos el problema en el foco en un mundo tan volátil? Dejando abiertos los canales de escucha y participación con la ciudadanía.
Contar con la ciudadanía en el diseño de soluciones es una manera eficiente de crear soluciones a problemas públicos complejos, en última instancia, cuando la inteligencia colectiva funciona como mecanismos para crear desde la heterogeneidad, se produce valor público. La participación de distintos actores permite reducir los reprocesos, evitar la creación de servicios que no encajan con la realidad de las comunidades y retroalimentar las ideas desde la visión del problema que tienen distintos actores, además, nutre de información que los hacedores de política pública desconocen. La innovación pública debe medirse por su capacidad para resolver problemas públicos y cotidianos a través de soluciones simples y ágiles donde la colaboración es protagonista.
En los territorios surge la pregunta que nos interpela a todos: ¿de qué sirve venir acá si nada mejora? Es un reclamo legítimo que no podemos ignorar con tecnicismos
En mi experiencia coordinando talleres de participación, me persigue una pregunta: ¿Cómo le digo a la persona que está acá dispuesta a contarme sus problemas y encontrar soluciones, que sus problemas tomarán tiempo en ser atendidos? Esta pregunta es el reclamo de una ciudadanía agotada. Y, aunque reconozco que el diálogo es un valor democrático fundamental, para quien espera una respuesta del Estado inmediata, la participación resulta en un proceso participativo extenso y sin resultados tangibles que la ciudadanía percibe (en el corto plazo) como una pérdida de tiempo.
Curiosamente, en esos mismos espacios aparece la contraparte: el “funcionario motivado”. He visto servidores y servidoras con una vocación de servicio inquebrantable que intentan concertar soluciones en sistemas diseñados para el bloqueo. Lamentablemente, el sistema suele ser ingrato con ellos y ellas. Cuando el esfuerzo de un funcionario o funcionaria por innovar es ignorado, no solo se desmotivan esa persona que trabaja por su comunidad; sino que se debilita, poco a poco, el sector público, sus mandatos, y el cumplimiento de sus obligaciones en general.
Si logramos que la frustración de la ciudadanía y la chispa de un equipo motivado converjan, la generación de valor público crecería de manera exponencial. La democracia se desmorona en el silencio de los escritorios grises, pero se fortalece cuando una entidad armoniza sus recursos (humanos y técnicos) y sus capacidades con las necesidades reales de la gente.
Gestionar bien es defender la democracia
¿Cómo entender la relación entre democracia e innovación pública? No es solo a través de la separación de poderes, la implementación de tecnologías de punta o las elecciones periódicas que un sistema política se puede definir como democrático. La democracia vive cuando una alcaldía abre espacios para la toma de decisiones compartida; cuando la transparencia en el gasto no es un PDF oculto, sino un diálogo abierto; cuando el Estado es eficiente porque es humano. No hay una sola manera de entender la democracia, ni una sola manera de entender la buena gestión, pero nos acercamos a mejores sistemas políticos y sociales cuando la garantía y mejoramientos de derechos (como la salud, la educación y la paz) son garantizados desde el quehacer del Estado. La innovación pública, más que un tecnicismo vacío, es una herramienta cotidiana que alimenta la confianza en la democracia y que espanta las amenazas de los discursos autoritaristas, (donde se promueven soluciones populistas desconociendo la importancia del aparato estatal y del cuidado colectivo). Porque cuando hay un Estado comprometido con la ciudadanía, hay una ciudadanía comprometida con la defensa de su democracia.
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