Una pregunta sin resolver
Reflexiones sobre la participación ciudadana de hoy y de siempre.
En seis años, hice una maestría en tecnología, escribí una tesis, aprendí sobre CivicTech e hice un voluntariado solo para entender cómo el rol de la tecnología puede mejorar la forma en que construimos política pública. Esta es la historia. Llegué a trabajar en innovación tecnológica a raíz de un problema. No uno abstracto ni de manual; de uno que vi con mis propios ojos y que no me ha dejado en paz desde entonces. Esta es la historia de una búsqueda, de lo que aprendí en el camino y de por qué creo, más que nunca, que construir colectivamente es la única forma de mover la aguja en cualquier lugar.
El nacimiento del problema
Cuando trabajaba en el Departamento Nacional de Planeación (DNP) de Colombia, me enfrenté a una paradoja: servidores públicos apasionados, técnicamente brillantes, consumidos por jornadas interminables de trabajo operativo. Personas que querían transformar el país, atrapadas en tareas que no les permitían usar lo mejor de sí mismas.
Desde el Equipo de Innovación Pública, en 2020, teníamos una convicción: que la construcción de políticas públicas en esta entidad, la que planea el rumbo del país, incorporara nuestros principios de innovación pública y sobre todo, un componente alto de colaboración real, de co-creación genuina con los ciudadanos y actores de interés.
¿Por qué los servidores públicos gastan tantas horas de su vida en trabajos operativos y no en usar lo mejor de su conocimiento para hacer que este país sea mejor?
La coyuntura del COVID-19 nos empujó a lo virtual antes de que estuviéramos listos. Acompañamos uno de los primeros procesos de construcción de un documento CONPES completamente en línea. La virtualidad nos ayudó a llegar a un amplio espectro de personas: 24 mesas, más de 512 participantes durante 3 meses. Logramos recoger insumos valiosos que ayudaron a construir la política de reactivación económica y social del país.
Pero en medio de esta experiencia identifiqué el problema, enorme y silencioso. No estábamos preparados para las montañas de información no estructurada que se produjeron. Tableros de Miro y Jamboard (las antiguas pizarras digitales de Google, solo para conocedores), relatorías escritas a toda velocidad, por pasantes, en archivos de Word y Excel. Con muchas manos y mucho esfuerzo, pudimos procesar todo. Pero ¿qué pasaría con diez veces más participantes? ¿Con cien veces más? ¿Con un plan de desarrollo?
Los presupuestos participativos de Bogotá
La vida me llevó por otros caminos. Motivada por entender mejor la inteligencia artificial y cómo podía servir a los ciudadanos en la solución de este problema, me conseguí una beca e inicié una maestría en tecnología que me acercó a un caso mucho más local: los presupuestos participativos de Bogotá.
De la mano de Diana Arenas y su equipo en la Secretaría de Gobierno de Bogotá, acompañé el diseño de la metodología de co-creación de propuestas que se postularon desde los ciudadanos al presupuesto de 2022. Allí comprendí, a nivel distrital, que el dilema se repite: las metodologías participativas son ricas, creativas, generan conexión real entre ciudadanos y la esperanza de incidir en la toma de decisiones públicas. Pero cuando termina el taller, cuando se recogen los post-its y se guardan los canvas, el problema vuelve a aparecer:
¿Cómo se transforma toda esa información (escrita a mano, grabada desde un celular, capturada en una relatoría apresurada) en insumos reales para la política pública? ¿Quién analiza todo eso? ¿Cuánto tiempo le cuesta a un funcionario? ¿Cuántas voces se pierden en ese proceso?
Fue ahí cuando empecé a ver, con mayor claridad, que las soluciones de inteligencia artificial como ChatGPT, Gemini o Claude se han metido tanto en nuestro día a día para mejorar nuestra productividad que es imposible que no puedan ayudar a resolver este problema.
Un mapa para la inspiración
Lo que empezó como una intuición se convirtió en un ejercicio sistemático de búsqueda. Mapeé soluciones desde Lisboa hasta Chile, desde distintos rincones del mundo donde alguien estaba tratando de resolver el mismo problema con tecnología.
Entrevisté a referentes como Domenico di Siena, quien ha hecho planeación urbana participativa con ciudadanos de distintas ciudades, explorando formas cada vez más diversas e inclusivas de participación. Escribí un artículo al respecto, por si quien me lee quiere profundizar.
En ese ejercicio de mapeo pude ver con claridad que la tecnología disponible había avanzado radicalmente desde que comencé este camino. Lo que en 2022 eran apenas primeras señales, para 2023 era una realidad. La pregunta ya no era si la tecnología podía ayudar, sino cómo hacerlo de manera ética, útil y verdaderamente centrada en las personas.
Un colectivo, un experimento y una oportunidad
Llevada por esta obsesión, en 2025 me uní al colectivo de Innovación por la Democracia del Center for Public Impact, una comunidad de llena de personas inspiradas, que no persiguen un objetivo medible en números, sino fomentar la incidencia pública desde una perspectiva humana, enfocada en el bien común.
En una de sus charlas Giulio Quaggiotto acuñó una idea que me resonó en lo profundo: los emprendedores sociales son personas que simplemente quieren resolver un problema, sin hacerse millonarios con él. Esa era yo. Ese es nuestro colectivo.
Construir algo -¡esto!- de manera colectiva reafirmó que no todo tenemos que resolverlo solos.
De ese espacio surgió la posibilidad de hacer un experimento, financiado por el colectivo, que hoy, junto a Extituto, el Instituto Update, Fundación Ciudadanía Inteligente y otras organizaciones, estamos llevando a cabo. Se trata de una herramienta tecnológica de baja resolución que permita a los servidores públicos ahorrar el tiempo que gastan analizando información proveniente de espacios de participación deliberativa, y comprender cómo esos insumos realmente están aportando ideas nuevas a la construcción de política pública.
No ha sido fácil. Hay muchas pruebas, muchos ajustes, muchas conversaciones que parecen no llegar a ningún lado. Pero solo la determinación de resolver este problema hace que continuemos, como voluntarios, trabajando por esto.
Tres reflexiones de seis años de búsqueda
- Implementar tecnología no es fácil, y no tenemos que hacerlo solos.
Mantenerse actualizado en el mundo tecnológico es, en sí mismo, un trabajo de tiempo completo. Uno de los grandes aprendizajes de este proceso ha sido reconocer que no todo lo tenemos que resolver con nuestras propias manos. La base de la creación colectiva es precisamente acudir a otros actores para construir conjuntamente.Como colectivo, identificamos maneras de usar tecnologías disponibles y aprendimos a pedir ayuda a emprendedores que entienden y transforman la tecnología de formas que nosotros no podríamos solos. Nos convertimos en traductores entre dos mundos que rara vez se hablan: el público y el tecnológico, el ciudadano y el emprendedor.
- La ética en tecnología no es opcional.
Quienes trabajan con tecnología (emprendedores, empresas, desarrolladores), especialmente con el reciente uso intensivo de IA, deben entender su responsabilidad social y la manera en que sus soluciones tienen impacto en las personas. De no hacerlo, el riesgo implica replicar sesgos que pueden afectar a poblaciones vulnerables entre muchos otros actores. El principio fundamental debe ser impactar positivamente la vida de las personas.Recientemente me enteré que en Brasil se habían prohibido los videos infinitos (doom scrolling) para menores de edad. Me alegró. Y al mismo tiempo me recordó que entre la ley y su aplicación real hay mucho trecho. El compromiso ético de quienes desarrollan tecnología es insustituible y urgente.
- Construir colectivamente es el camino, siempre.
Esta es, sin duda, la reflexión más grande que me llevo de todo este proceso. Sin la red de apoyo que este colectivo me ha ofrecido, no hubiéramos podido llegar al punto en que se encuentra este experimento hoy.Y, seguramente, sin esa comunidad, no habría podido darle un ciclo de iteración más a esta idea que, estoy convencida, llegará a buen término.
Les estaré contando cómo avanza.

Jimena Aucique
Colombia, Bogotá
Red de Innovación Local - RIL Colombia
Coordinadora de Formación y Articulación en Colombia Líder, donde impulsa la formación de gobernantes y la construcción de alianzas para fortalecer la gestión pública territorial.
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